Sembrando el mar

Para Ivette Suárez, rodeada por el mar

Voy por la orilla del mar
persiguiendo la luz de tu cuerpo,
con las manos abiertas
tanteando el rumor de las olas.
El viento despotrica contra el arrecife
y una visión maravilla, elocuente,
el pulso de mis sueños.
Estás ahí,
donde te presintieron
el mar y la nube,
la luna y el viento.
Consigno el hecho,
para que conste
en el registro de
lo bello y lo bueno.
Ahora tomo mis ojos y mis manos,
llenos de ti,
para sembrarlos en esta página,
iluminada por el gozo y la memoria.

Cantiga del ángel

Aprendo a confrontar la vida
desde la perspectiva de tus ojos.
Si creo en Dios es porque creo
en los atuendos de sombra
y la filigrana de tu corazón.
He renunciado al paraíso
desde que alimento mis sueños
con tus sueños y prendo
una hoguera con el fuego
de tus manos blancas.
Imagina esas noches eternas
en que mi solaz es atajar,
ansioso, el sol todavía
adolescente de tu piel.
Me quema tu aliento,
me incendia la mirada
quemante de tus ojos
húmedos de arena.
Para este canto no escojo
las mejores palabras
por no sustituir el lenguaje
atrevido de unos labios que me indagan
ardorosos y concupiscentes.
Dios en la tierra le atribuyó
un hijo a tu vientre iluminado;
un hijo mío, poeta de las olas
y artífice del viento.
Cierro esta venturosa jornada
con nuestro hijo caminando
libremente sobre el mar.

Cantiga de la luna y los espejismos.

Hoy observé la luna (tan distante)
sobre un toldo que azul resplandecía;
una estrella cercana la seguía
con agudos destellos de diamante.

De repente bajó, por un instante,
a empaparse de azul mientras mecía
en las olas su blanca lejanía,
acosada por peces, zigzagueante.

De la estrella no puedo dar razón,
destelló y al caer se hundió en el mar,
o quizá se guardó en mi corazón

y a mi pecho lo deja iluminado,
con impulsos a son de navegar
en las aguas de un canto enamorado.

Foto: e. añorve

Lied de los adioses

Tengo a mano la faltriquera de los adioses,
voy a necesitar de ella cuando el amor nos cante su coda.
Un adiós para tu corazón que se dio tiempo y me quiso
lo suficiente y no dará lugar a algún reclamo;
otro va dirigido a tu alma, análoga a la mía, casi gemela.
Este adiós, más pequeño, despedirá las riñas
y los malestares, también ellos se irán,
pero dispersos, porque no son de nadie.
Reservo un abrazo para el sol
que fue, durante mucho tiempo, refugio y abrigo,
y el beso que daré a la luna, cómplice anodina
de nuestras sombras fundidas en una sola edad,
sostenida por el pulso de los sueños.
Un último adiós lo reservo para mí,
porque también me voy, no sé a dónde,
pero también me voy.

Cantiga del llamado que se obstina

Más allá de la imagen no había nada,
un silencio completo y poderoso
sugiriendo, por tanto, lo grandioso
en el dulce fulgor de su mirada.

Más allá de la imagen congelada,
el llamado distante y laborioso,
comedido, porfiado y generoso,
fue apagando su voz desconsolada.

En las horas de hallar franca alegría
la volverá a buscar mi poesía
y vestirá de azul con nobles galas,

revivirá el color del universo
en el hondo latido de mi verso,
porque el amor le montará sus alas.

Cantiga de las flores y la luz

La flor azul, lunar, agigantada,
la de bermejo color tan encendida,
son con la más de todas florecida,
saeta así tan pronto disparada.

Más menester no es que designada,
venga a poblar mi copla concebida
en el afán de la color prendida
a mi razón por ella iluminada.

No quiero asir su pétalo fulgente,
por no dañar al tacto su presente,
que es de bondad y lúcida alegría.

Más si al amor llegara como un nardo,
la guardarán mis manos donde guardo
tal voluntad de dar el alma mía.

Flor a contraluz: Xoelinho

Cantiga de los peces y el agua

Ojos que al darme de beber sustentan
sendos peces en fuga celebrados;
por la mano del sol iluminados,
en mi pecho bogando se alimentan.

Ya los miro saltando cuando intentan
arribar, ¿es porqué son esperados
y de mar y de cielo contagiados
navegando los sueños se presentan?

Me recorren moviéndose en la eslora:
soy el casco que así los atesora;
ahora van apegándose a la quilla

y el vaivén de sus galas me estremece;
el amor sublimado crece y crece,
mientras nadan ganando la otra orilla.

Cantiga de los pájaros y el viento

En tu dulce mirar de aguamarina
navega el alba con matiz de nube,
su pie desnudo sobre peñas sube
y con el mar se estrella diamantina.

Entonces es el tiempo que encamina,
agitando en las alas de un querube,
lo que pensé asombrado cuando le hube
a tus labios de hallar sonrisa fina.

Allí pende tu imagen sostenida
por la brisa puntual que, acomedida,
le hará canción trinada por gaviotas.

Pues yo daré compás a los acentos,
remarcando precisos los momentos,
que tu nombre pronuncie con tres notas.

Palabra en prenda

La amo y la estrechez de mi vida
se ha visto copada por flores celestes.
La amo y mis sueños vacuos
se transforman en sueños verdaderos;
las pequeñas tonadas, en cantos completos,
los diminutos destellos del alba, en soles plenos,
desbordados de brisa, calcinados de luz.
La amo pensando que amarla
no es obligarme a tenerla,
para no coartar la libertad
del amor tal cual es.
Amarla es alentar a mi corazón
para que inunde con los ríos de su sangre
la marisma donde los anhelos
buscan obsesivamente una salida al mar.
Si dejara de amarla, dejaría de vivir,
o lo que es peor, moriría sin vivir siquiera.

Los ojos de Yanelis

En unos ojos de mirar intenso
pero suave a la vez, vivo pensando
al descubrirlos, dije, estoy soñando
o de por si los sueño cuando pienso.

Pues he pensado el mar, el mar inmenso,
cuando estos ojos de que estoy hablando,
asoman de repente cautivando
los menesteres a que soy propenso.

No habrá razón por tanto que lo impida,
si hubiera que dejar también la vida
en el papel, lo voy a hacer gustoso.

Con estos ojos se acortan distancias,
llega hasta aquí su cielo de fragancias,
que aspiraré para morir dichoso.

1 de enero del 2012

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