Aprendo a confrontar la vida
desde la perspectiva de tus ojos.
Si creo en Dios es porque creo
en los atuendos de sombra
y la filigrana de tu corazón.
He renunciado al paraíso
desde que alimento mis sueños
con tus sueños y prendo
una hoguera con el fuego
de tus manos blancas.
Imagina esas noches eternas
en que mi solaz es atajar,
ansioso, el sol todavía
adolescente de tu piel.
Me quema tu aliento,
me incendia la mirada
quemante de tus ojos
húmedos de arena.
Para este canto no escojo
las mejores palabras
por no sustituir el lenguaje
atrevido de unos labios que me indagan
ardorosos y concupiscentes.
Dios en la tierra le atribuyó
un hijo a tu vientre iluminado;
un hijo mío, poeta de las olas
y artífice del viento.
Cierro esta venturosa jornada
con nuestro hijo caminando
libremente sobre el mar.
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