Tengo a mano la faltriquera de los adioses,
voy a necesitar de ella cuando el amor nos cante su coda.
Un adiós para tu corazón que se dio tiempo y me quiso
lo suficiente y no dará lugar a algún reclamo;
otro va dirigido a tu alma, análoga a la mía, casi gemela.
Este adiós, más pequeño, despedirá las riñas
y los malestares, también ellos se irán,
pero dispersos, porque no son de nadie.
Reservo un abrazo para el sol
que fue, durante mucho tiempo, refugio y abrigo,
y el beso que daré a la luna, cómplice anodina
de nuestras sombras fundidas en una sola edad,
sostenida por el pulso de los sueños.
Un último adiós lo reservo para mí,
porque también me voy, no sé a dónde,
pero también me voy.
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